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12 agost 2010

retalls de vida entre reixes

Soledad Real:

Las Corts había sido anteriormente un colegio para unas trescientas niñas, como mucho, y llegaron a estar cinco mil mujeres. Cuando nosotras llegamos éramos unas pocas menos, pero aún se dormía en los patios, se dormía en las escaleras, se dormía en los váteres.

A mí el sitio que me correspondió para dormir fue debajo de los fregaderos, donde se lavaban los platos, y por la noche tenía que esperar hasta las doce, hasta que acaban de fregar, y por la mañana me tenía que levantar a las cuatro, porque había tan pocos lavabos que ya la gente se levantaba a esa hora para poder lavarse. La cárcel estaba tan abarrotada de gente que por la noche, cuando se desliaban los petates, no podías pasar por ningún sitio.

Me acuerdo de una que dormía en el váter con la puerta abierta y la cabeza apoyada sobre el borde de la taza, y nosotras íbamos a hacer pipí y poníamos una pierna para allá y otra para el otro lado, y ella decía: "¡Coña!, ¡tener puntería!", porque tenía la cabeza en el mismo borde.

Nos tocaban para dormir, pues, en aquellos tiempos, dos losetas y media, es decir, cincuenta centímetros, y estábamos tan apelmazadas que a veces decía alguien en medio de la noche: "Por favor chicas, volvámonos, que no puedo más, que tengo muchos dolores". Y tú oías a alguien que dirigía la orquesta y decía: "¡A la uuna, a las dooooos, a las treees!, y ¡bumm!, dábamos la vuelta todas. Pero es que al volvernos siempre había alguna que se quedaba sin sitio, que se quedaba encima de las otras, y empezaba: "Dadme mi sitio", y había que reducirse otra vez, y había que quedarse de lado. La cárcel no daba más que las dos o tres losetas. Los colchones o jergones los mandaban las familias.

Recuerdo que Isabel [Imbert] tenía un colchón de 60 centímetros en el que dormíamos las dos, pero era ya un colchón que había tenido su padre en la cárcel y era muy delgado. Durante la noche los piojos y las chinches te corrían por la cara, sobre todo las chinches, que estaban carcomidas las colañas de madera y yo recuerdo que mientras dormíamos nos caían a manadas. De vez en cuando, durante el día, sacudíamos las colañas y hacíamos una matanza de chinches, con una pestaza que asustaba. Y lo único posible era mucha limpieza, mucha ducha. Y como no nos daban jabón, lo que hacíamos era revender el chusco de pan para comprarnos jabón” (pàg. 100101).

(...) Aparte del hacinamiento, de la suciedad y del hambre, la cárcel de Barcelona no era de las peores. Porque llegó allí un expediente que venía de Tarragona, y venían mujeres mayores y chiquitas de diecinueve, de veintiún años, y tú no les distinguías la edad porque todas andaban arrastrándose, todas igual de encorvaditas, todas parecían viejas y tenían la cara gris, llena de manchas, de sombras grises, como enmohecida. Porque de ocho meses que habían estado en Tarragona, sólo las dejaban salir a diario diez minutos al patio. Y además les tenían las ventanas claveteadas.

(...) En Barcelona no había talleres y todo este trabajo que hacíamos, de tapetes sobre todo, era particular. Y había mujeres que se habían especializado ya en planchar los tapetes, que se planchaban rebañándolos en agua de arroz cocido y extendiéndolos sobre un cartón, o sobre el colchón puesto muy liso, o sobre tablas de madera, y cogiéndolo con alfileres, y poniéndolo al sol a secar. Así, en los días de sol, el patio estaba lleno con todos estos tenderetes de tapetes de ganchillo puestos a secar. Cuando llovía los dejábamos en la sala hasta que se secaban, y se quedaban más tiesos que un pandero, es decir, planchados” (pàg. 103104).

(...) En las salas, después de comer, era costumbre escribir las cartas, leer; luego bajábamos al patio otra vez y volvías a la labor. La vida en la cárcel de Barcelona era esencialmente vida de patio y de trabajo. Pero date cuenta que en este período era pecado trabajar los domingos, y se nos persigue, y se nos castiga, y el domingo te habías de ocultar para trabajar.

Porque cuando llegas a la cárcel, recién llegada, tienes ganas de hablar, de estar con esta amiga, con la otra, pero con el tiempo la única cosa que te distrae es el trabajo. Porque lees, lees un rato, pero lo que te sostiene es la misión de un trabajo. Es decir: "he de hacer este regalo, he de hacer esto para vender, para ayudar a mi madre, para contribuir a la comuna", es decir, que tú misma te vas imponiendo deberes, pero deberes que son los que te sostienen” (pàg. 104105).

(...) Las cartas las sacábamos y recibíamos escondidas dentro de una etiqueta que colgaba del capacho en el que los familiares nos traían la comida. Era un trozo de cartón grueso en el que estaba escrito el nombre de la reclusa y la sala, y el nombre del familiar que lo recogía. Nosotras abríamos este cartón, poníamos dentro la nota que quisiéramos sacar, y lo volvíamos a pegar. Raspábamos luego los bordes para que no se notara, lo sobábamos para que pareciera viejo, le hacíamos unos agujeros y lo colgábamos al capacho. Fornells me había comprado un papel de cebolla muy fino y así nos escribíamos” (pàg. 109).


María Salvo:

Vivíamos semiocultas en casa de una amiga de la infancia; en aquella época acoger a personas en nuestras condiciones era de gran solidaridad. Fueron meses de angustia moral. Vivíamos cerca de la prisión Modelo de Barcelona y al ir al hospital a ver a mi madre tenía que pasar por allí; el espectáculo de decenas de personas alrededor de la prisión era escalofriante; compuesto principalmente por mujeres y niños, escuálidos, tristes, callados, pegados a sus madres o a sus abuelas, en sus caras se reflejaba toda la tragedia en que vivían.

La visión de aquella multitud que esperaban horas y horas para hacer entrega de lo poco que habían podido reunir a costa de prescindir ellos de lo más esencial.

El dolor callado y reprimido de los familiares a los que devolvían el paquete porque el destinatario ya no lo necesitaba: había sido fusilado en el Campo de la Bota.

A mí una de las cosas que más me impresionaba de aquella multitud era su terrible silencio, siendo centenares, a veces daban la vuelta a la prisión por su longitud, apenas se oía un murmullo. Todos se sentían prisioneros, los de dentro y los de fuera; quizás más los de fuera por la cantidad de humillaciones a que se veían sometidos, con desventaja respecto de los que estaban presos; porque éstos sabían dónde tenían al enemigo, y sin embargo, los familiares tenían que subsistir y resistir toda una serie de vejaciones que los “vencedores” intentaban imponer a toda costa.

Poco se ha dicho de esa lucha sin la cual muchos de los que han sobrevivido a los años de encierro no habrían podido resistir.

http://www.presodelescorts.org/files/pdf/cat/testimonis/testimonisreal_2_cat.pdf

3 comentaris:

Albanta ha dit...

Quants sentiments acumulats en tan poc espai!!!

Una lectura dura, però de les que atreuen i et descubreixen personatges molt intensos.

Un beset Iruna,... bon estiu guapa

fanal blau ha dit...

Iruna...
quànta tristesa i patiment, però m'agrada saber i llegir que hi ha dones com tu que desperten.

Un petó, bonica. Un petó que sigui bonic.

iruna ha dit...

fa dies que torno a recordar ma iaia, la mare de mon pare. sempre tan treballadora... no recordo sentir-la parlar mai de política...

la imagino tal com explicava la seua germana, durant la guerra, corrent a buscar menjar per a la família mentre se sentia el soroll de les bombes. i recordo els armaris plens de la cuina, quan mons cosins i jo érem petits...

que jo sàpiga, no va ser comunista, ni anarquista, ni socialista, ni catalanista, ni falangista, ni nacional ni roja... no va viure en una presó. sé que sabia llegir i escriure, però no la recordo llegint. la recordo cuinant, escurant, fregant, cosint... portant-me al parc a berenar després del col·legi, amb aquelles mans tan bonyegudes, plenes d'artrosi... anant pel carrer, amunt i avall, sempre de pressa... mullant-se a la platja de riomar, amb aquell flotador de la zebra, fent ioga i gimnàsia a l'arena... rentant roba i estenent-la... després, perdent la memòria...

llegir este silenci que explica la maría salvo me fa pensar en quantes formes de "silenci" hi ha que només podem conèixer des de la vida mateixa, que no surten ni als vídeos, ni als llibres, ni als parlaments polítics, i en canvi són també supervivència, individual i col·lectiva, com ella, que sense parlar de política, se preocupava per totes les coses de la nostra vida quotidana, trobant la manera de fer-les.

tan diferents, les vides de la soledad, de la maría, o de la josefina... i tan fortes i amb tanta enteresa, totes elles.

i encara ho conten com si res, i em fan riure i tot: "¡coña! ¡tener puntería!"

quina colla, "mecagontot", com diria la sole...

com vos va a vatros la vida, xiquetes? cuideu-vos molt, eh

una abraçada a les dos, "companyeres"! :)